Hace poco tuve una larga conversación con alguien que quiero muchísimo. Y querer es una palabra limitada, pues la considero como una segunda madre.
Gran parte de lo que soy y cómo soy (la parte buena ¿eh?) se la debo a ella. Y ella lo sabe. Estuvo conmigo desde siempre y siempre que puede está ahí. Sobre todo en los momentos más difíciles.
Este año ha sido, como dice, el peor de su vida. Y como la conozco y sé a qué se refiere, le doy la razón. Pero está saliendo adelante gracias a algo que encontró y que nunca imaginó tener.
Siempre tuvimos en común ideas sobre la vida, la gente, las costumbres. Pero sobre todo compartimos el bendito vicio de devorar libros. De todo y a cada rato.
Creo que congeniamos tanto no sólo porque viví en su casa casi la mitad de mi vida o porque sus hijos son como mis hermanos, sino porque, de toda la familia, es la más parecida a mi papá en forma de ser y pensar.
Ella siempre tiene explicaciones para todo. Era la voz de la razón. Incluso en algunas situaciones en las que tengo que decidir algo o salir de algún embrollo (profesional o personal) pienso: "¿qué me diría ella?". Siempre ha sido la voz de mi razón.
Hace un tiempo dejó todas las razones humanas y las reemplazó por la fé en Dios. Y de eso hablamos.
Intentaba explicarme lo que siente y piensa ahora, algo que tal vez muchos de los cercanos a ella no entienden, y que se puede resumir en una frase: "tú sabes cómo era yo, lo racional que era. Conoces todo lo que yo sabía y creía. Hoy me doy cuenta que NADA de eso era verdad".
Y la entendí. Juro que la entendí. Hablamos de lo que cree, de la Biblia, de la fe. Me leyó páginas que había leído hace mucho y me dí cuenta que aún las conservaba frescas e intactas en la memoria. Aprendidas y recordadas de tantas épocas desgraciadas en mi vida en las que busqué amparo en todo lo que estuviera a la mano (tantos refugios santos y tantísimos otros malditos).
Nos dimos cuenta que todo lo que hablaba ya lo conocía: las escrituras, las oraciones, las parábolas, los significados, las metáforas, pero a pesar de todo (y a mi pesar) yo NO CREÍA. Entendimos algo que se me hizo revelador aunque haya parecido obvio: no tengo fe.
Y no es algo simple de entender. Nos dimos cuenta que es como que te hablen del amor y no estar enamorado.
Pero la entendí. Y ella también cuando le dije que la única fe que tengo en la vida es llegar a sentir fe. Lo que más quisiera es tener algo que llene los inmensos vacíos en mi vida, encontrar el camino que termine con esta larga búsqueda infructuosa... Pero ahora no creo. No lo siento.
Y, como compartimos tantos años la misma manera de pensar, me entendió. Y por eso mismo sé que en algún momento compartiremos también el creer. Quizás en diez años, quizás en veinte. Tal vez el próximo año. Cómo saberlo, pero sé que así será.
Se me hace tan difícil imaginarme a mí orando, creyendo y alabando. No sería yo. Pero a ella tampoco me la imaginaba así. Por eso estoy tan seguro que la fe llegará.
Ojalá no sea demasiado tarde ni me siga equivocando tanto.
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